El discreto encanto de las listas cinéfilas

Detesto el juego de las listas cinéfilas. No me gusta confrontar películas o directores, ni someterlos al capricho de subirlos o bajarlos un peldaño en mi escala simplemente porque un buen día o cualquier circunstancia casual, sin fundamento, me lleve a ello. Tampoco, a menos que se trate de un movimiento o una moda efímera y vacía (como, por ejemplo, el Dogma, aquella ocurrencia absurda del no menos absurdo bluf que siempre ha sido Lars von Trier), soy amigo de utilizar el socorrido argumento de que el tiempo pasa por una obra o un autor porque creo que siempre conservan su valor dramático, sociológico, estético… y porque aquello que suponíamos que había envejecido puede irrumpir de golpe en el presente o llegar a explicar lo ocurrido en el futuro de un modo infinitamente más valiente y efectivo que cualquier película contemporánea.

No, no soy amigo de las listas… pero también es verdad que no me puedo llevar a engaño y que, de vez en cuando, siento la necesidad, como un acto de reafirmación personal, de dejar constancia de la relación de directores que siempre me acompañarán, de los que no puedo ni quiero ni debo desprenderme, porque respiro por cada uno de sus planos, de su estética, de sus inquietudes.

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Aunque, in extremis y sin el más mínimo asomo de duda, siempre me llevaría a cualquier lugar a Fassbinder, a von Sternberg y a Almodóvar, estos son, en estricto orden alfabético, mis directores favoritos, acompañados al azar por una de sus obras, perfectamente intercambiables por cualquier otra de su filmografía que se encuentre a la altura.

  • Almodóvar, Pedro (La mala educación, 2002)
  • Bergman, Ingmar (De la vida de las marionetas. Aus dem Leben der Marionetten, 1980)
  • Buñuel, Luis (Él, 1952)
  • Chaplin, Charles (Monsieur Verdoux, 1948)
  • Fassbinder, Rainer Werner (Solo quiero que me ames. Ich will doch nur, dass ihr mich liebt, 1976)
  • Fellini, Federico (Casanova, 1976)
  • García Berlanga, Luis (Vivan los novios, 1969)
  • Godard, Jean-Luc (Vivir su vida. Vivre sa vie, 1962)
  • Hitchcock, Alfred (Marnie, 1964)
  • Kazan, Elia (El compromiso. The arrangement, 1969)
  • Kurosawa, Akira (Kagemusha, 1980)
  • Kubrick, Stanley (Barry Lyndon, 1975)
  • Mizoguchi, Kenji (Los amantes crucificados. Chikamatsu monogatari, 1954)
  • Murnau, F. W. (El último. Der letzte Mann, 1924)
  • Pasolini, Pier Paolo (Mamma Roma, 1962)
  • Sirk, Douglas (Ángeles sin brillo. The tarnished angels, 1957)
  • Sternberg, Joseph von (Marruecos. Morocco, 1930)
  • Stroheim, Erich von (Avaricia. Greed, 1924)
  • Truffaut, François (Las dos inglesas y el amor. Les deux anglaises et le continent, 1971)
  • Visconti, Luchino (El inocente. L’innocente, 1976)

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¿Y qué decir sobre el cine español, a menudo denostado tirando de todos los prejuicios y tópicos habidos y por haber, fruto del desconocimiento y ausencia de fundamentos? Nuestra cinematografía, infravalorada por el público y descuidada por los distintos gobiernos, ocupa un lugar importantísimo en mi cinefilia. En este caso, no deseo destacar directores sino películas, auténticas joyas que brillan por derecho propio y que no se achantan ante títulos internacionales de postín.

  • ¿Qué he hecho yo para merecer esto! (Pedro Almodóvar, 1984)
  • Amantes (Vicente Aranda, 1992)
  • Nunca pasa nada (José Antonio Bardem, 1963)
  • Plácido (Luis Gª Berlanga, 1961)
  • Bilbao (Juan José Bigas Luna, 1978)
  • Tristana (Luis Buñuel, 1970)
  • El diputado (Eloy de la Iglesia, 1978)
  • Pequeñeces (Juan de Orduña, 1949) 
  • El Sur (Víctor Erice, 1983)
  • El mundo sigue (Fernando Fernán Gómez, 1963) 
  • Atraco a las tres (José María Forqué, 1962)
  • Las truchas (José Luis García Sánchez, 1978)
  • Malaventura (Manuel Gutiérrez Aragón, 1988) 
  • Vida en sombras (Lorenzo Llobet Gracia, 1949)
  • Condenados (Manuel Mur Oti, 1953)
  • Mi calle (Edgar Neville, 1960)
  • El inquilino (José Antonio Nieves Conde, 1957) 
  • Pim, pam, pum… ¡Fuego! (Pedro Olea, 1975)
  • La tía Tula (Miguel Picazo, 1964)
  • Las bodas de Blanca (Francisco Regueiro, 1975) 
  • La aldea maldita (Florián Rey, 1930)
  • Mater amatisima (Josep A. Salgot, 1979)
  • Cría Cuervos (Carlos Saura, 1975)
  • El sexto sentido (Nemesio M. Sobrevila, 1929)
  • Arrebato (Iván Zulueta, 1979)

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Vistas las filias, ¿qué hay de las fobias? No son pocas en mi caso. 

Soporto mal la verborrea y la cámara inquieta y egocéntrica de Woody Allen, esté o no presente en escena. Me dan igual los conflictos cómicos o dramáticos que plantea, incapaces de engancharme, como las aburridas y eternas miradas de ombligo de Theo Angelopoulos, tan frío, tan desapasionado, tan preocupado de hacer prestidigitaciones con la cámara, con la puesta en escena.

Me parece infumable todo Peter Greenaway, el potaje radioactivo de sus obsesiones con ínfulas de artista bigger than life, perfecto exponente de la vacuidad y la pedantería del peor cine británico (si es que, salvo dignas excepciones, la cinematografía de ese país fue buena). Salvando las distancias temáticas y formales, su equivalente en España sería Albert Serra, criatura pagada de sí misma y sufragada por cuatro críticos que ven una especie de genio donde no hay más que un desierto en que solo rebota el eco de su provocaciones infantiles y sus insufribles tics de auteur inalcanzable. Ídem en relación a Leos Carax y Lars von Trier

Y puedo vivir perfectamente sin John Ford; sin Orson Welles; sin la mayor parte de títulos de Yasujiro Ozu; sin todo el Godard posterior a "Week-end", con la excepción de "Nombre: Carmen"; sin el Wim Wenders que no sea el de "Alicia en las ciudades", "El amigo americano" y "Paris, Texas"; sin las aberraciones barrocas de Emir Kusturica; sin el desnudo monomio/binomio Straub-Huillet y el radicalismo excluyente de su supuesta pureza; sin el Bertolucci posterior a "El conformista"; sin los westerns y los musicales. En resumidas cuentas, sin el cine que no me atrape por las vísceras, por los caminos de la pasión: que la Historia, los críticos y estudiosos, y los espectadores hayan consagrado unas hostias en el altar de la cinefilia, no significa que haya que comulgar con todo. Faltaría más.

Comentarios

  1. No te lo perdonaré jamás, Rafa Morata. Jamás. Admito que tus gustos puedan diferir parcialmente de los míos, pues en temas artísticos no existe la objetividad y en muchos de ellos coincidimos, pero lo de menospreciar a Orson Welles y a Ozu (que, lógicamente, no siempre pueden ser perfectos) es superior a mis fuerzas y puede acabar con amistades muy profundos, incluso virtuales. :-D

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    1. ¡Alfredo, nos une más que nos separa: mismamente, Visconti! Ya sabes que me llevo bastante mal con Welles: aunque Borges tachó "Ciudadano Kane" de barroca en el sentido más siniestro del término, yo se lo achaco a prácticamente toda su filmografía, menos "El cuarto mandamiento" (aunque tampoco con mucho entusiasmo). En cuanto a Ozu, cometí el error de realizar una retrospectiva, a película por día, hace dos años, y acabé saturado, confundiendo unas películas con otras, dada la similitud de actores sino también de tramas. Me gustan más sus películas de los treinta y cuarenta que las de los cincuenta, como siempre salvo excepciones ("Buenos días", "Cuentos de Tokyo", "Flores de equinoccio", y "Principios de verano"), recordando como una experiencia aterradora esa pesadilla interminable que es "El sabor del te verde con arroz". En fin, que por Welles o por Ozu, ¿pa' qué acabar una bonita amistad? ¡Quiá, nos queda mucho cine por delante! Un abrazo.

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  2. Sin embargo debería ser muchísimo más habitual ¿no?, a mi un crítico que me cuente que no le atrapa Welles y Ozu me parece muy poco interesante, si es que no me presenta motivos mucho más contundentes contra dos de las figuras más estudiadas y analizadas de la Historia. Sin embargo un cinéfilo, en un espectador, ¿por qué iba a usar los mismos motivos que el crítico?. Las afinidades o rechazos responden a motivos más arbitrarios y viscerales pero convertir esas visceralidades en motivos de una profesión, se supone que además pagada, me parecería el colmo del jetismo, la desidia o la indigencia intelectual :-D.

    Otra cosa, algunas de esas excepciones que citas me parecen emocionantes, leo el título de esas tres películas de Wenders y cuando voy a pensar en el resto ¿hay resto...?

    Un abrazo

    Sergio

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    1. Exactamente. Se trata de visceralidades, de afrontar el cine, como he afirmado en alguna ocasión, de manera egoísta, en el sentido más personal del término. Lo explico en la entrada: si no me agarra, si no me toma por las emociones, conmigo lo tiene complicado. En ese sentido, Ozu nada tiene que hacer conmigo en relación a Naruse, Mizoguchi o Kurosawa. A Afredo le he citado algunas excepciones respecto a Ozu, con quien cometí el error de hacerme un ciclo y acabé saturado porque me cuenta lo mismo e incluso llego a confundir películas. Con Welles es muy difícil: me temo que no hay posibilidad ya de reconciliación. Entre la pereza que me da y lo que me crispa, lo doy por perdido. En cuanto a Wenders, son tres películas en las que no se pone intelectual, vacío e irritante, algo que ocurre, como bien comentas, en el resto de su filmografía, de la que me echa.

      Otro abrazo.

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