Esa mujer (Mario Camus, 1969)

Esa mujer, Sara Montiel, Mario Camus, Rafa Morata, blog Terramar Cinema, terramarcinema.com

Cualquiera que eche un vistazo a la filmografía de Sara Montiel a partir de las antológicas "La violetera" y "El último cuplé", pronto se dará cuenta de que el esquema de aquéllas se repite cansina e invariablemente en las películas que protagonizó desde entonces, sin que hubiera en ninguna un soplo de originalidad, interés o de, por lo menos, una mínima voluntad de cambiar un tanto la fórmula.  

Sin embargo, cuando a finales de los sesenta, la estrella comenzó a experimentar un cierto declive apuntalado por el desastre de "Tuset Street", obra que, paradójicamente, estaba llamada a convertirse en una de las mejores, innovadoras y más arriesgadas de Sara pero acabó siendo un auténtico disparate por los innumerables problemas de entendimiento causados por el anquilosamiento de la diva y la concepción personal y vanguardista de Jorge Grau, el gran director encargado en un principio del proyecto, siendo Luis Marquina quien finalmente figuró para su desgracia como responsable del mismo, la suerte quiso que escogiera al más que eficaz Mario Camus para dirigir su próxima película, "Esa mujer", con argumento y guión de Antonio Gala. 

Y "Esa mujer" no solo acabó convirtiéndose, junto a los clásicos de Luis César Amadori y Juan de Orduña, en lo más sobresaliente de su carrera sino en un impagable y emocionante melodrama de altura rodado con honesto clasicismo. A la historia, tan excesiva como delirante, que obliga al espectador a abandonar cualquier tipo de prejuicio y, en más de una ocasión, la vergüenza ajena para aceptarla y entregarse a ella incondicionalmente, no le falta ningún ingrediente: Soledad, una monja misionera, es violada, se queda embarazada y abandona el convento. Tras un amargo periplo vital, se convierte en una estrella de la canción. Cuando por fin encuentra al hombre de su vida, se entera por la madre superiora que se trata de la pareja de la hija que tuvo, a quien se dio por muerta. Este rosario de calamidades se va desgranando a lo largo del desarrollo de un juicio contra Soledad, acusada de asesinar a su yerno. 

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A la más que digna y comprometida dirección de Mario Camus y a la contenida interpretación de Sara Montiel, que contaba con unos espléndidos cuarenta y un años pero sin posibilidad ya de aparcar su registro y reciclarse, al contrario de lo que ocurrió con otras estrellas como Carmen Sevilla, hay que añadir la fotografía de nada menos que Christian Matras (esencial y prodigioso en las obras francesas de Max Ophüls de los cincuenta), que dota a las melancólicas imágenes de un devastador aliento sirkiano tan mágico como inolvidable. 

De los muchos momentos para el recuerdo que este clásico a redescubrir y a reivindicar ofrece, resulta especialmente emotivo aquel en que Soledad regresa al convento con la intención de reingresar en él sin éxito, ataviada con un llamativo velo morado mecido por el fuerte viento y el mar encrespado de fondo, un instante al que Pedro Almodóvar rindió un merecido tributo en "La mala educación", con los dos protagonistas siendo críos masturbándose en una sala de cine.

La bellísima secuencia final cierra con auténtica clase y elegancia esta folletinesca historia, que se ha ganado por derecho propio, dado el descaro con que asume su propuesta temeraria (hablamos de una obra que en el mismo año en que se rodó ya podía considerarse anacrónica si no se buceaba en sus interiores), convertirse en uno de los grandes melos de la historia del cine español.

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